sábado, 6 de enero de 2007

SOLO EN LA MUCHEDUMBRE


SOLO Y PERDIDO EN MEDIO DE LA GENTE


Alejandro Paulino Ramos


Había una vez un hombre—así comenzaban antes todos los cuentos y relatos—que todas las personas en su entorno y hasta los que no lo conocían, juraban que él siempre vivía inmerso en la muchedumbre, que nunca le faltaban mujeres y en cada esquina saludaba un amigo o alguien le aprestaba las manos, además de que era sumamente hábil para encontrar, aun en la oscuridad, la explicación de los misterios.

Aquel hombre, que no se puede decir que era físicamente atractivo, pero sí que era pobre, muy pobre y muchas veces se le vio alimentándose del aire y del agua del mar Caribe y cargando su cuerpo, como simulada batería, dándose un baño del ardiente sol de Santo Domingo.

El hombre, que todos entendían estaba acostumbrado a trabajar fuerte y era capaz de resistir los más terribles dolores sin inmutarse, tenía una debilidad que por suerte nadie conocía; aunque realmente sí existía quien la conociera, pero no era persona sino flor, roja y amarilla y llena de vida.

Por esa razón, el hombre—tenemos que llamarlo así pues nunca nadie conoció su nombre—decía entre sus amigos y cuando tomaba del fuerte ron dominicano, lo decía bien alto para que todos los escucharan en medio del griterío y la música a todo volumen del colmadón donde iba a mitigar sus penas, que lo que más disfrutaba era la soledad y que lo único que explicaba que compartiera con ellos, sus amigos, era la sed infinita de ocultarse para que no se percataran de su existencia. Sus amigos reían y alguno maliciosamente llegó a acusarlo de loco: “Venir con esa pendejada, sabiendo todos que a veces, con la botella de cerveza en las manos, está como ido”. Pero él prefería callar y dejar que alguna canción de moda lo transportara hasta su soledad, la que sólo él conocía y hasta la entendía su cómplice, porque cuando quería, sin hacer gran esfuerzo podía tenerla frente a frente, atraparla entre sus manos, palparla, olerla, sentirla y hasta conversar con ella.

Un día, el hombre decidió dejar que uno de sus amigos penetrara hasta el punto de la vida donde esa tarde se encontraba, pues alguien tenía que enterarse de la terrible lucha que venía librando, porque en medio del miedo a la muerte pensó que pronto ésta pasaría a buscarle y sintió temor de que con su muerte también desapareciera su flor, o que simplemente se quedara sola y abandonada en el bosque, aquella flor roja y amarilla que cada vez estaba más radiante. Era que su soledad la sentía latiéndole y destruyéndole el alma, más que todos los dolores físicos que había conocido desde niño.

Después de desangrarse ante los ojos del amigo— que no pudo emitir una sola frase, pues estaba impactado al conocer la verdad—aquel hombre corrió hasta el sucio sótano donde hacía tiempo habitaba rodeado de papeles y libros que nunca leía y de la gaveta de un viejo escritorio que lo había acompañado por toda la vida, extrajo la oxidada tijera con la que a veces se cortaba el desarreglado bigote que siempre llevó desde adolescente.

Al otro día, muy temprano, se fue tranquilo por las calles, salió del pueblo como quien buscaba el río y escudriñando entre las ramas y el césped mojado por el rocío encontró aquella flor roja y amarilla que lo había esperado toda la vida. De un solo movimiento, tejera en mano, la cortó y la llevó hasta el destartalado escritorio de caoba. Dejó que pasara el tiempo para ver si la flor se moría y así terminar para siempre aquella jodida vaina que lo enloquecía, pero la flor ni crecía ni moría y él queriendo verla llegar a su fin, que era una forma de acabar con su propia existencia, se pasaba horas enteras robándole el perfume y marchitándole los pétalos cuando la aprestaba contra su corazón, pero cosas de la vida que casi nadie entiende, pasaba días enteros mojándola con sus lagrimas y alimentándola con sus besos, lo que impedía que la flor muriera.

Aquella era una lucha espantosa y parecía que uno de los dos, la flor o el hombre aquel, terminaría muerto y por demás vencido. Ninguno de los dos cedía y en su locura que parecía se profundizaba, un día temprano en el que había amanecido sin poder dormir con los ojos puestos fijamente, viendo la flor sobre el escritorio, el hombre que ya no salía de aquel sótano, pareció que recobró la razón y se trazó un nuevo plan, el que había acariciado todo aquellos años. Uno de los dos tenía que vencer o rendirse en aquel sordo combate.

Pensó--y esta era su nueva estrategia—que si en vez de regarla con sus lagrimas y dejaba que fuera el rocío el que la alimentara con su humedad, permitiendo que sus raíces se adentraran nuevamente en la fértil tierra de donde la había cortado, ella volvería a crecer y quien sabe si un descuidado caminante al contemplar su belleza, la hacía suya y la desaparecía de su vista para siempre, recobrando así su libertad.

Para él, esta era una decisión que parecía savia aunque dolorosa, pues tenía muy presente que con su muerte o con su desaparición del jardín él también moriría, pero si la encontraban y la llevaban bien lejos, tal vez a los Estados Unidos o quien sabe sí hasta el viejo continente, ya no lo vería más, pero seguiría viviendo en su color rojo, o en su amarillo tono pálido. Pero no pasaba nada, la flor crecía, aunque simulaba dormida, y su color rojo parecía a lo lejos un charco de sangre que a nadie mortificaba, hasta que un día el hombre se decidió a gritar en medio de la muchedumbre que él la necesitaba, que no quería que muriera, que prefería enterrarse junto a ella, a la orilla del río, y entonces la flor se despertó y sus pétalos brotaron hasta tocarle el corazón. Pero por desgracia, ya era demasiado tarde pues un rico caminante la apartó del camino, la arrinconó en su alforja llena de riqueza, amor y alegría, y la desapareció para siempre de aquel descuidado jardín donde sólo ella tenía hermosa vida.

Desde entonces, los amigos del hombre aquel lo ven caminar como simple fantasma, y aunque no se alimenta de nada, lo que hace pensar que cualquier inesperado día lo encuentren sorprendido por la muerte, buscándola entre la hierba que crece cercana al río, saben que él sigue caminado por sus calles porque, quién sabe dónde, ella permanece todavía llena de vida. Su flor, la única que le había robado su vida hasta la infinidad de su alma, seguía floreciendo entre las manos cariñosas del rico caminante que un día la separó de su camino. Ha pasado ya mucho tiempo y del pobre hombre ya nadie sabe nada. Unos dicen que está vivo y feliz. Otros, que es un simple muerto en vida. Así son las vainas del amor. Punto.

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