lunes, 29 de enero de 2007

AMORES IMPOSIBLES




SE LLAMABA LIBERTAD




Alejandro Paulino Ramos



El avión rodó por la húmeda pista del Aeropuerto Internacional de las Américas ante las miradas curiosas de los visitantes; aquella mañana de noviembre. El sol brillaba intensamente y aún así, sobre los acantilados del Mar Caribe llovía. Unas lágrimas recogidas con rabia por su fino pañuelo, le anunciaban la inevitable despedida, y ella, recostada contra el turbio cristal de la terminal, sintió que también se iba. Se iba y se perdía en la nada.

Regresó de noche a su casa sin pronunciar palabras y juró nunca más recordar su nombre; sintió que lo olvidaba, pero no podía apartar de sus pensamientos aquellos ojos negros y tristes que insistentemente la buscaban en las paradas de guaguas o en las asfaltadas calles de su barrio.

Prometió que lo olvidaría y lo iba a cumplir, aunque para ello fuera necesario arrancar de su corazón todo lo que él significaba; sin embargo, no se sabe por cuál impulso que brotaba de su alma, cada mañana bajaba de la montaña a contemplar sus aguas; el calor era casi siempre insoportable y sentía su vestido pegado al cuerpo, húmedo de sudor; las ramas y las hojas de los árboles se balanceaban rítmicamente sobre su cabeza, y cuando ella visitaba aquel lugar no dejaba de pensar: “Tanto calor aquí y siento como si en mi alma se alojara el frío”. Sobre la arboleda revoloteaba sin rumbo una blanca y pequeña paloma.

Ella miraba a l cielo para seguir su vuelo y cansada regresaba a su morada. No tenía dudas, quería olvidarlo, enterrarlo en el pasado, pero lo buscaba en cada papel estrujado y perdido en su cuaderno de Letras 014; los leía tratando de encontrar, de una vez y por todas, la razón de su partida. Soledad era hermosa y el aroma de su cuerpo competía con el perfume de las flores que adornaban el camino. Su piel, matizada con el sabor de la miel invitaban al deleite, y su pelo, abundante y negro, casi rozaba las piedras en su tímido andar por la ribera.

Era temprano aquel día navideño y triste, y el río no se encontraba tan lejos, como todo el tiempo pensó: para ella, ir al río en su compañía, especialmente al anochecer, era como viajar al paraíso. Allí, juntos, conocieron el amor y sus primeros besos. Se sentaban en una vieja roca que simulaba el mármol y se acariciaban sin fin, con sus ojos cerrados y las manos encendidas, sin importar que otros que pasaban por sus lados conocieran el amor que se juraban… Y dejaban pasar las horas sobre sus cuerpos hasta que los sorprendía la madrugada.

Aquella mañana Soledad podía percibir el olor fresco de las aguas cristalinas jugueteando en la ribera, llamándola hasta su lecho, como siempre sucedía; pero ella parecía más triste que otros días. Nunca se había sentido tan sola y temía nuevamente encontrarlo en su vida, cuando un día, que no tenía tiempo marcado en el calendario, regresara. Viendo su rostro reflejado en el agua, recordó la primera vez que sin alientos pronunciaron sus nombres: “¿Cómo te llamas?”, --Soledad…”¿Y tú?” Y él, recogiendo de su frente el mechón de su pelo para poder mirarla a los ojos: “Seremos amigos, seremos…”.

Sus grandes ojos penetraban el cielo, corrían tras la blanca paloma que desde temprano, al igual que otros días, la acompañaba en el río. Soledad, creyéndola suya, la había bautizado con el nombre de Libertad, llamándola a gritos, pero ella no la escuchaba, sólo atendía su infinito vuelo. Fue entonces cuando dio algunos pasos sin dirigirse a ninguna parte, se paró indecisa y sus manos arrancaron con rabia la rosada flor que crecía cerca del naranjo que se recostaba contra el río; la estrechó como queriendo encontrar el calor de su cuerpo y la acercó a su cara, oliéndola profundamente hasta robarle todo el aroma. Una lágrima descendió hasta sus carnosos labios y de un sorbo la tragó.

El río estaba allí a sus pies, y ella parecía como si no lo hubiera notado. Hileras de limpias piedras y pequeños caracoles jugueteaban unas tras otros, se sumergían en el agua, sonreían, gritaban y parecían invitarla a sentarse junto a ellos.

Soledad sonrió agradecida. Era la primera vez que lo hacía desde las seis de la mañana en que dejó la cama. De repente, como quien había ensayado aquel momento toda su vida, se despojó de sus sandalias y dejó que sus piernas navegaran en el agua y se quedó largamente pensativa: lo veía sudoroso, de rápido andar entre la muchedumbre, corriendo para alcanzar aquel interminable tren que una vez él le contó se sumerge como gusano bajo tierra o se trepa ruidosamente sobre los edificios y las calles.

Apoyó su cabeza contra sus manos y cerró con más fuerza que nunca sus grandes ojos. Desandó por horas sus vidas, desde ese instante hasta el día que lo descubrió mirándola sin apartar de ella sus ojos. Sintió el agua ascendiendo por sus piernas y lo recordó…, lo recordó callada, sin molestar el camino que llevaba el río. Sus manos, pequeñas y finas, se rebosaron del tibio liquido y bebió, quedando con las dudas de si aquel día se estaba bebiendo su único amor.

“Su único amor”, pensó. Aquella frase le rebotó desde el pasado y tuvo dudas, pues otros habían acariciado sus dedos y besado sus labios. “Estoy segura”, se dijo: “Aquellos fueron juegos de niños y aunque dejaron huellas, fueron juegos…, simplemente juegos”.

En su pensamiento, quedó muda. Sus ojos seguían aprestados. Percibiendo su perfume, escuchando sus palabras imprecisas y suaves. Su piel se estremecía en el interminable ir y venir del agua sobre su cadera. La canción que tantas veces escucharon y cantaron, recostados el uno contra el otro, le brotaba de la piel, de sus recuerdos infinitos.

El deseo irresistible de buscarlo, de encontrarlo entre su cuerpo podía más que todos sus juramentos y promesas. Se dejó caer de espalda sobre el agua, contra las rocas mojadas. Su vestido flotaba en su cuerpo como sabana blanca…, y entonces lo sintió. Era él que con sus suaves caricias regresaba y descendía con ritmo y armonía por su vida, era él y sentía rabia.

Los minutos cruzaron a la velocidad del viento, su corazón perdía la cadencia y todo su cuerpo gritaba amenazando desplomarse y sumergirse en lo más profundo del río. El agua avanzaba rápida y a veces lentamente y las caricias se hacían interminables; parecía que cada centímetro del río que pasaba por su piel era un nuevo toque de sus labios sobre su vientre en el pasado. Los árboles dejaban escuchar su tierna melodía transportada por el viento, y su canción bajaba desde el mar navegando en los recuerdos. La roca que les sirvió tantas veces de asiento estaba allí sola, pero ella presentía que no lo estaba.

Soledad giró de un lado a otro hasta colocarse contra la corriente. El agua subía por el pelo, bajaba por su pecho, lamía su cintura y se perdía…, se perdía en lo más profundo de su vida. No pudo, más; abrió por primera vez sus labios para pronunciar palabras; sus ojos penetraron profundamente el espacio en las alturas, alcanzando el feliz vuelo de su paloma. Entonces y sólo entonces comprendió que estaba libre, porque nuevamente se sintió su esclava.
El avión, todavía en el cielo, volaba.

2 comentarios:

María Lasalete Marques dijo...

Es hermoso tu cuento, y sin duda plasma el sentimiento de una despedida intensa. Realmente es sublime el tema, la forma como lo haces.
Te dire que se el dolor de esas despedidas, el deseo del regreso, por ello cuando lo leí arrabcaste una lagrima. Pero creo que esa es la finalidad de quienes escribimos, encontrar el eco justo de lo que en papel ´plasmamos.
Desde Caracas Venezuela. Un abrazo
María Lasalete
www.dolcevitta61.blogspot.com

Alejo dijo...

Hola María Lasalete Marques: Tal vez Un poco tarde para darte las gracias por tu comentario; pero aquí estoy. La verdad, que me alegró saber que alguien interpretó lo que quería comunicar. Es simplemente una despedida y el dolor de la soledad mitigado en las fantasías de unas huellas que todavía permanecen vivas. Por suerte, no soy quien carga con el peso de un amor que amenaza perderse en el olvido.