miércoles, 19 de diciembre de 2007

BIBLIOTECARIOS (AS) DEL AGN







GRUPO DE JÓVENES (de la Biblioteca del Archivo General de la Nación), CON SED DE CONOCIMIENTOS Y DESEOS DE SERVIR AL DESARROLLO CULTURAL DE LA REPÚBLICA DOMINICANA:
Marta de la Rosa, Martha Pacheco, María González, Rosa Figuereo, Altagracia Pichardo, Miltón Valerios, Leyde Ramos, Joselyn González, Karina Batista y Miguel Sánchez.

miércoles, 10 de octubre de 2007

MERECIDO DESCANSO



Alejandro En las Calles de New York


Las calles de Nueva York, especialmente en verano, son un infierno: el sol es abrasador, el calor pegajoso y el asfalto amenaza con derretirse bajo tus pisadas. Aun así, los newyorkinos se entrecruzan con la sonrisa a flor de labios, corriendo hacia las playas, Battery Park o el Parque Central. Yo, por mi parte, prefiero caminar por sus calles sin detenerme a perseguir el tiempo, olvidándome del tedioso trabajo interminable y disfrutando de un día de compra en el Bajo Manhatan hasta que caiga el sol.

jueves, 24 de mayo de 2007

EL AMOR ES ASÍ

Tu unico amor

El tamaño de tu amor
se mide con mi corazón

El tamaño de tu amor
solo se mide por el mío,
las lágrimas de tu corazón,
son tan solo una prolongación
de este mar que se arremolina
en tu sangre y que persigue la paz,
mi infita paz
de ser sereno en tu piel,
y que intenta robarte el aroma de
todo tu pelo
y demostrarte,
que sin importar tu ayer ni tu mañana,
yo estoy creciendo en tu mirada,
y estoy viviendo en cada sonrisa
que brota de tus labios.

Por eso te repito una vez más:
Yo quisiera ser la medida de tu amor,,
quisiera ser el agua que calma tu sed,
la sangre que baña tu cuerpo,
la sabia que te alimenta
y el azucar que endulza
lo que junto a ti
yo siempre he soñado.,..............
sencillamente ser tu único amor.
(Alejandro Paulino Ramos)

lunes, 29 de enero de 2007

AMORES IMPOSIBLES




SE LLAMABA LIBERTAD




Alejandro Paulino Ramos



El avión rodó por la húmeda pista del Aeropuerto Internacional de las Américas ante las miradas curiosas de los visitantes; aquella mañana de noviembre. El sol brillaba intensamente y aún así, sobre los acantilados del Mar Caribe llovía. Unas lágrimas recogidas con rabia por su fino pañuelo, le anunciaban la inevitable despedida, y ella, recostada contra el turbio cristal de la terminal, sintió que también se iba. Se iba y se perdía en la nada.

Regresó de noche a su casa sin pronunciar palabras y juró nunca más recordar su nombre; sintió que lo olvidaba, pero no podía apartar de sus pensamientos aquellos ojos negros y tristes que insistentemente la buscaban en las paradas de guaguas o en las asfaltadas calles de su barrio.

Prometió que lo olvidaría y lo iba a cumplir, aunque para ello fuera necesario arrancar de su corazón todo lo que él significaba; sin embargo, no se sabe por cuál impulso que brotaba de su alma, cada mañana bajaba de la montaña a contemplar sus aguas; el calor era casi siempre insoportable y sentía su vestido pegado al cuerpo, húmedo de sudor; las ramas y las hojas de los árboles se balanceaban rítmicamente sobre su cabeza, y cuando ella visitaba aquel lugar no dejaba de pensar: “Tanto calor aquí y siento como si en mi alma se alojara el frío”. Sobre la arboleda revoloteaba sin rumbo una blanca y pequeña paloma.

Ella miraba a l cielo para seguir su vuelo y cansada regresaba a su morada. No tenía dudas, quería olvidarlo, enterrarlo en el pasado, pero lo buscaba en cada papel estrujado y perdido en su cuaderno de Letras 014; los leía tratando de encontrar, de una vez y por todas, la razón de su partida. Soledad era hermosa y el aroma de su cuerpo competía con el perfume de las flores que adornaban el camino. Su piel, matizada con el sabor de la miel invitaban al deleite, y su pelo, abundante y negro, casi rozaba las piedras en su tímido andar por la ribera.

Era temprano aquel día navideño y triste, y el río no se encontraba tan lejos, como todo el tiempo pensó: para ella, ir al río en su compañía, especialmente al anochecer, era como viajar al paraíso. Allí, juntos, conocieron el amor y sus primeros besos. Se sentaban en una vieja roca que simulaba el mármol y se acariciaban sin fin, con sus ojos cerrados y las manos encendidas, sin importar que otros que pasaban por sus lados conocieran el amor que se juraban… Y dejaban pasar las horas sobre sus cuerpos hasta que los sorprendía la madrugada.

Aquella mañana Soledad podía percibir el olor fresco de las aguas cristalinas jugueteando en la ribera, llamándola hasta su lecho, como siempre sucedía; pero ella parecía más triste que otros días. Nunca se había sentido tan sola y temía nuevamente encontrarlo en su vida, cuando un día, que no tenía tiempo marcado en el calendario, regresara. Viendo su rostro reflejado en el agua, recordó la primera vez que sin alientos pronunciaron sus nombres: “¿Cómo te llamas?”, --Soledad…”¿Y tú?” Y él, recogiendo de su frente el mechón de su pelo para poder mirarla a los ojos: “Seremos amigos, seremos…”.

Sus grandes ojos penetraban el cielo, corrían tras la blanca paloma que desde temprano, al igual que otros días, la acompañaba en el río. Soledad, creyéndola suya, la había bautizado con el nombre de Libertad, llamándola a gritos, pero ella no la escuchaba, sólo atendía su infinito vuelo. Fue entonces cuando dio algunos pasos sin dirigirse a ninguna parte, se paró indecisa y sus manos arrancaron con rabia la rosada flor que crecía cerca del naranjo que se recostaba contra el río; la estrechó como queriendo encontrar el calor de su cuerpo y la acercó a su cara, oliéndola profundamente hasta robarle todo el aroma. Una lágrima descendió hasta sus carnosos labios y de un sorbo la tragó.

El río estaba allí a sus pies, y ella parecía como si no lo hubiera notado. Hileras de limpias piedras y pequeños caracoles jugueteaban unas tras otros, se sumergían en el agua, sonreían, gritaban y parecían invitarla a sentarse junto a ellos.

Soledad sonrió agradecida. Era la primera vez que lo hacía desde las seis de la mañana en que dejó la cama. De repente, como quien había ensayado aquel momento toda su vida, se despojó de sus sandalias y dejó que sus piernas navegaran en el agua y se quedó largamente pensativa: lo veía sudoroso, de rápido andar entre la muchedumbre, corriendo para alcanzar aquel interminable tren que una vez él le contó se sumerge como gusano bajo tierra o se trepa ruidosamente sobre los edificios y las calles.

Apoyó su cabeza contra sus manos y cerró con más fuerza que nunca sus grandes ojos. Desandó por horas sus vidas, desde ese instante hasta el día que lo descubrió mirándola sin apartar de ella sus ojos. Sintió el agua ascendiendo por sus piernas y lo recordó…, lo recordó callada, sin molestar el camino que llevaba el río. Sus manos, pequeñas y finas, se rebosaron del tibio liquido y bebió, quedando con las dudas de si aquel día se estaba bebiendo su único amor.

“Su único amor”, pensó. Aquella frase le rebotó desde el pasado y tuvo dudas, pues otros habían acariciado sus dedos y besado sus labios. “Estoy segura”, se dijo: “Aquellos fueron juegos de niños y aunque dejaron huellas, fueron juegos…, simplemente juegos”.

En su pensamiento, quedó muda. Sus ojos seguían aprestados. Percibiendo su perfume, escuchando sus palabras imprecisas y suaves. Su piel se estremecía en el interminable ir y venir del agua sobre su cadera. La canción que tantas veces escucharon y cantaron, recostados el uno contra el otro, le brotaba de la piel, de sus recuerdos infinitos.

El deseo irresistible de buscarlo, de encontrarlo entre su cuerpo podía más que todos sus juramentos y promesas. Se dejó caer de espalda sobre el agua, contra las rocas mojadas. Su vestido flotaba en su cuerpo como sabana blanca…, y entonces lo sintió. Era él que con sus suaves caricias regresaba y descendía con ritmo y armonía por su vida, era él y sentía rabia.

Los minutos cruzaron a la velocidad del viento, su corazón perdía la cadencia y todo su cuerpo gritaba amenazando desplomarse y sumergirse en lo más profundo del río. El agua avanzaba rápida y a veces lentamente y las caricias se hacían interminables; parecía que cada centímetro del río que pasaba por su piel era un nuevo toque de sus labios sobre su vientre en el pasado. Los árboles dejaban escuchar su tierna melodía transportada por el viento, y su canción bajaba desde el mar navegando en los recuerdos. La roca que les sirvió tantas veces de asiento estaba allí sola, pero ella presentía que no lo estaba.

Soledad giró de un lado a otro hasta colocarse contra la corriente. El agua subía por el pelo, bajaba por su pecho, lamía su cintura y se perdía…, se perdía en lo más profundo de su vida. No pudo, más; abrió por primera vez sus labios para pronunciar palabras; sus ojos penetraron profundamente el espacio en las alturas, alcanzando el feliz vuelo de su paloma. Entonces y sólo entonces comprendió que estaba libre, porque nuevamente se sintió su esclava.
El avión, todavía en el cielo, volaba.

sábado, 6 de enero de 2007

AMORES PROHIBIDOS




COBARDÍA COLONIAL

Por: Alejandro Paulino Ramos

El cielo relampagueó, castigando con rápido y certero latigazo el muro de piedras del viejo monumento colonial, en el preciso instante en que Minervino, el hijo de doña Chucha, hundía el pesado pico en el patio de la muralla.

Todos los trabajadores detuvieron sus callosas manos y levantaron del suelo sus sudorosas espaldas, preguntándose qué había sucedido. Los ojos se buscaban inquiriendo respuestas y algunos hasta se persignaban y hacían cruces con sus dedos en el aire, tratando de conjurar cualquier raro maleficio.

Nadie entendía nada. Ni Minervino, ni el viejo Lalo Tachuela, ni tampoco Epifanio, el más joven y hábil destructor de murallas y desenterrador de misterios que casi nunca tenían explicaciones.

Era temprano, tal vez no más de las siete de la mañana de aquel nublado domingo. Reclinado contra el filo del muro, Pascual había soltado su pesada y tosca mandarria y dejaba correr su vista en el infinito de la Calle del Comercio, como quien no le daba importancia a lo ocurrido allí. Sus ojos se perdieron sobre el tímido andar de una delgada jovencita de blusa verde y pantalones negros, sin saber por qué.

La jornada se había detenido, sin valorar la prisa de los constructores en terminar la remodelación del monumento, pues las inauguraciones quinto centenarias se les venían encima y obligaban a trabajar aquel domingo, cuando todos entendían que el día nunca había sido laborable.

No lejos, en la iglesia que se recostaba contra el muro de la muralla, se escuchaba la voz del Padre José con su tedioso sermón contra aquellos que en el pasado, sin sentir temor de Dios, la moral y la iglesia, se amaron en secreto violando la ley del matrimonio y de la sociedad.

Minervino sacudió con los dedos el sudor de su frente y murmuró entre los dientes: “qué pendejos”, pero nadie lo escuchó, porque todos tenían clavadas sus miradas sobre la tapa anaranjada del pequeño libro, escrito a manos y adornado en su primera página con una flor roja y amarilla, que apareció justamente bajo las raíces de la mata de caucho, que Minervino clavó con su afilado pico en el momento exacto en que el cielo tronó y alumbró el firmamento con su terrorífico rayo.

Minervino volvió a hablar más fuerte, como si quisiera que todos lo oyeran: “qué pendejos”. Los obreros se movieron con caras de incrédulos y fueron formando un aprestado circulo alrededor de Minervino, quien todavía tembloroso, sostenía el libro en la mano izquierda, mientras que con la derecha buscaba hoja por hoja, y página por página en el sucio y maltratado librito.

No miraba a nadie, ni percibía el rumor que a su lado iba creciendo. Sólo leía en voz alta, como funcionario mediocre que ensayaba la inauguración del monumento: “veintiún capítulo y ná” y volvía a releer las fechas: “1891, 1892, 1893…y ná.”

Sólo la segunda y la última página estaban escritas en temblorosas y a veces indescifrables letras rojas: en una, hoy te encontré”, y en la otra: “no morirá jamás”. Nadie entendía aquel desgarrante monólogo de Minervino y a él tampoco le interesaba que lo entendieran. En ese instante regresó Pascual, como quien volvía de la nada, tomó el pequeño volumen por primera vez en sus manos y lo colocó sobre el montón de ladrillos y tierra; tomó el pico con ambas manos, lo levantó bien alto y lo hundió con rabia contra la muralla al mismo tiempo que, junto a Minervino, gritaba: “
qué pendejos, treinta capítulos y veintiún años y ná”.

SOLO EN LA MUCHEDUMBRE


SOLO Y PERDIDO EN MEDIO DE LA GENTE


Alejandro Paulino Ramos


Había una vez un hombre—así comenzaban antes todos los cuentos y relatos—que todas las personas en su entorno y hasta los que no lo conocían, juraban que él siempre vivía inmerso en la muchedumbre, que nunca le faltaban mujeres y en cada esquina saludaba un amigo o alguien le aprestaba las manos, además de que era sumamente hábil para encontrar, aun en la oscuridad, la explicación de los misterios.

Aquel hombre, que no se puede decir que era físicamente atractivo, pero sí que era pobre, muy pobre y muchas veces se le vio alimentándose del aire y del agua del mar Caribe y cargando su cuerpo, como simulada batería, dándose un baño del ardiente sol de Santo Domingo.

El hombre, que todos entendían estaba acostumbrado a trabajar fuerte y era capaz de resistir los más terribles dolores sin inmutarse, tenía una debilidad que por suerte nadie conocía; aunque realmente sí existía quien la conociera, pero no era persona sino flor, roja y amarilla y llena de vida.

Por esa razón, el hombre—tenemos que llamarlo así pues nunca nadie conoció su nombre—decía entre sus amigos y cuando tomaba del fuerte ron dominicano, lo decía bien alto para que todos los escucharan en medio del griterío y la música a todo volumen del colmadón donde iba a mitigar sus penas, que lo que más disfrutaba era la soledad y que lo único que explicaba que compartiera con ellos, sus amigos, era la sed infinita de ocultarse para que no se percataran de su existencia. Sus amigos reían y alguno maliciosamente llegó a acusarlo de loco: “Venir con esa pendejada, sabiendo todos que a veces, con la botella de cerveza en las manos, está como ido”. Pero él prefería callar y dejar que alguna canción de moda lo transportara hasta su soledad, la que sólo él conocía y hasta la entendía su cómplice, porque cuando quería, sin hacer gran esfuerzo podía tenerla frente a frente, atraparla entre sus manos, palparla, olerla, sentirla y hasta conversar con ella.

Un día, el hombre decidió dejar que uno de sus amigos penetrara hasta el punto de la vida donde esa tarde se encontraba, pues alguien tenía que enterarse de la terrible lucha que venía librando, porque en medio del miedo a la muerte pensó que pronto ésta pasaría a buscarle y sintió temor de que con su muerte también desapareciera su flor, o que simplemente se quedara sola y abandonada en el bosque, aquella flor roja y amarilla que cada vez estaba más radiante. Era que su soledad la sentía latiéndole y destruyéndole el alma, más que todos los dolores físicos que había conocido desde niño.

Después de desangrarse ante los ojos del amigo— que no pudo emitir una sola frase, pues estaba impactado al conocer la verdad—aquel hombre corrió hasta el sucio sótano donde hacía tiempo habitaba rodeado de papeles y libros que nunca leía y de la gaveta de un viejo escritorio que lo había acompañado por toda la vida, extrajo la oxidada tijera con la que a veces se cortaba el desarreglado bigote que siempre llevó desde adolescente.

Al otro día, muy temprano, se fue tranquilo por las calles, salió del pueblo como quien buscaba el río y escudriñando entre las ramas y el césped mojado por el rocío encontró aquella flor roja y amarilla que lo había esperado toda la vida. De un solo movimiento, tejera en mano, la cortó y la llevó hasta el destartalado escritorio de caoba. Dejó que pasara el tiempo para ver si la flor se moría y así terminar para siempre aquella jodida vaina que lo enloquecía, pero la flor ni crecía ni moría y él queriendo verla llegar a su fin, que era una forma de acabar con su propia existencia, se pasaba horas enteras robándole el perfume y marchitándole los pétalos cuando la aprestaba contra su corazón, pero cosas de la vida que casi nadie entiende, pasaba días enteros mojándola con sus lagrimas y alimentándola con sus besos, lo que impedía que la flor muriera.

Aquella era una lucha espantosa y parecía que uno de los dos, la flor o el hombre aquel, terminaría muerto y por demás vencido. Ninguno de los dos cedía y en su locura que parecía se profundizaba, un día temprano en el que había amanecido sin poder dormir con los ojos puestos fijamente, viendo la flor sobre el escritorio, el hombre que ya no salía de aquel sótano, pareció que recobró la razón y se trazó un nuevo plan, el que había acariciado todo aquellos años. Uno de los dos tenía que vencer o rendirse en aquel sordo combate.

Pensó--y esta era su nueva estrategia—que si en vez de regarla con sus lagrimas y dejaba que fuera el rocío el que la alimentara con su humedad, permitiendo que sus raíces se adentraran nuevamente en la fértil tierra de donde la había cortado, ella volvería a crecer y quien sabe si un descuidado caminante al contemplar su belleza, la hacía suya y la desaparecía de su vista para siempre, recobrando así su libertad.

Para él, esta era una decisión que parecía savia aunque dolorosa, pues tenía muy presente que con su muerte o con su desaparición del jardín él también moriría, pero si la encontraban y la llevaban bien lejos, tal vez a los Estados Unidos o quien sabe sí hasta el viejo continente, ya no lo vería más, pero seguiría viviendo en su color rojo, o en su amarillo tono pálido. Pero no pasaba nada, la flor crecía, aunque simulaba dormida, y su color rojo parecía a lo lejos un charco de sangre que a nadie mortificaba, hasta que un día el hombre se decidió a gritar en medio de la muchedumbre que él la necesitaba, que no quería que muriera, que prefería enterrarse junto a ella, a la orilla del río, y entonces la flor se despertó y sus pétalos brotaron hasta tocarle el corazón. Pero por desgracia, ya era demasiado tarde pues un rico caminante la apartó del camino, la arrinconó en su alforja llena de riqueza, amor y alegría, y la desapareció para siempre de aquel descuidado jardín donde sólo ella tenía hermosa vida.

Desde entonces, los amigos del hombre aquel lo ven caminar como simple fantasma, y aunque no se alimenta de nada, lo que hace pensar que cualquier inesperado día lo encuentren sorprendido por la muerte, buscándola entre la hierba que crece cercana al río, saben que él sigue caminado por sus calles porque, quién sabe dónde, ella permanece todavía llena de vida. Su flor, la única que le había robado su vida hasta la infinidad de su alma, seguía floreciendo entre las manos cariñosas del rico caminante que un día la separó de su camino. Ha pasado ya mucho tiempo y del pobre hombre ya nadie sabe nada. Unos dicen que está vivo y feliz. Otros, que es un simple muerto en vida. Así son las vainas del amor. Punto.